En clases del Magister en Intervención Social UCSH con el destacado Trabajador Social Argentino, Alfredo Carballeda (espero que no se moleste por subir esta foto), fue un privilegio tomar su cátedra y tener uno de sus libros autografiado.
Cuando estudiamos Trabajo Social, se nos enseña diferentes tipos de modelos que deberemos aplicar al momento de intervenir con nuestros sujetos de intervención, sean estos individuos, familias, grupos, comunidades u organizaciones. Entre los modelos más populares encontramos al Modelo Sistémico, el Ecológico, el Psicosocial, el de Intervención en Crisis y el Centrado en Tareas. Los dos primeros, son similares en su enfoque, aunque presentan algunas diferencias de forma y que en lo práctico a mi parecer y experiencia, se difuminan, pudiendo aplicarse en una mixtura junto a los demás, ya que recordemos, los Modelos de Intervención no son excluyentes, sino que pueden aplicarse en paralelo y acorde a los objetivos y circunstancias de cada caso, donde asumimos diversos roles y funciones.
Muchas de las preocupaciones de los/las Trabajadores Sociales en formación (que están estudiando) o que son recién egresados(as) de la Especialidad (hablando desde mi contexto chileno), es cuándo, cómo y con quién aplicaremos estos Modelos (más de alguno me lo ha consultado a través de mis Redes Sociales) y en mi afán de transmitir calma y recordando mi propia experiencia, les comento que es muy común que más de alguno(a) de nosotros, sobre todo en esta etapa del proceso formativo, se encuentre con cierto grado de ansiedad y sobre-pensando teorías, metodologías, enfoques, autores de libros o guías y manuales en el tintero mental (pensamientos intrusivos les dicen también), esperando con ansias su aplicación al momento del ingreso al mundo laboral. El problema es que cuando logramos ingresar, nos encontramos con que todo funciona tan a prisa, que más de alguno ha dudado si efectivamente lo enseñado lo aplicamos (o lo aplicaremos), o si solo era un ramo más de la malla curricular. No obstante lo anterior, conforme vamos adquiriendo experiencia profesional y tenemos el espacio para evaluar nuestro ejercicio, nos damos cuenta que en nuestra labor profesional están presentes las metodologías, los enfoques, las técnicas, las herramientas, los roles y las funciones, entre otros temas que abordamos en las salas de clases.
Uno de los espacios que permite dar cuenta de la aplicación teórico-práctica, es la participación en esas productivas reuniones de equipo (sobre todo cuando se acompaña de un rico desayuno) donde continuamos aprendiendo de diferentes profesionales, sobre todo de quienes nos anteceden. Las reuniones técnicas, son momentos de evaluación y análisis, donde logramos “aprehender” y repasar nuestras intervenciones, incorporando mejoras. Es en momentos como esos, donde nos damos cuenta que somos ciencia viviente, ejecutante, ciencia aplicada en la vasta y compleja realidad social de la que somos parte. Y como la idea es facilitar la comprensión a mis queridos lectores más neófitos, es que procedo a ejemplificar un caso real (con nombre ficticio) para que puedan identificar algunos modelos en lo práctico. Estén atentos.
Macarena era una joven adolescente de 13 años que a su corta edad había vivido una historia de abusos tan complejos que ni siquiera me atrevo a mencionar. El daño emocional era tan grave al momento de su ingreso al programa, que presentaba una conducta de ansiedad generalizada y otras patologías (que como no es mi especialidad, no las recuerdo en su totalidad), por lo que como equipo a cargo, solicitamos re-evaluación con especialista para su correcto diagnóstico y posterior tratamiento de salud mental. En lo cotidiano solía tener arranques de agresividad, provocando en un par de ocasiones destrucción de espacios de nuestro trabajo, o amotinamiento en nuestras oficinas, episodios que eran difíciles de abordar por la reciente vinculación que ella tenía con el equipo en general (¿identificaste qué modelo se debe aplicar en este escenario?). En otros momentos, tenía episodios de alegría desbordante y espacios de reflexión en los cuales se podía conversar con respecto a su situación. Esta conducta ambivalente, era esperada y de cierta forma comprensible ante los horrores que vivenció Macarena, pero que indudablemente dificultaron el proceso de intervención. Junto a todo lo anterior, era madre de un niño de un año, que presentaba otros problemas de salud, por lo que podrás comprender que las vulneraciones de esta díada (madre/hijo) eran múltiples y lastimosamente habían comenzado desde el lecho familiar hace varios años, donde lamentablemente, el Estado (que somos todos) llegó tarde.
Posterior a su derivación a nuestro programa, la adolescente y su hijo fueron recibidos por la dupla psicosocial, de la cual fui parte, habiendo tenido otras duplas anteriormente, profesionales que por diversas razones dejaron de ser parte del proceso (licencias, redistribución de casos, renuncias, etc.). Estos cambios de equipo suceden a menudo en programas de “alta complejidad”, porque la verdad, es muy difícil para los interventores el abordaje de este tipo de casos, aun cuando los profesionales llevan años en el sistema. Se sumaba además el factor de contar con otros casos de similares características, lo que transformó, en ese momento al programa, en una "olla a presión", ya que estuvimos colapsados en cuanto a lo interventivo, por lo que, en este caso, nos tocó reiniciar o retomar el proceso de diagnóstico inicial.
La dupla psicosocial intervenía desde el abordaje interno y externo del sujeto de intervención, en este caso la adolescente como caso índice (¿identificaste el Modelo?) y mientras el psicólogo acompañó los proceso terapéuticos en vías de una reparación o rehabilitación, derivando también a programa especializado, la trabajadora social intervino (re)conectando a la adolescente con los Sistemas Educativos, de Salud, Jurídicos (Tribunal de Familia y abogados) y Políticas Públicas (programas sociales de la oferta programática), entre otros, (¿identificaste el Modelo?), acompañando el proceso de reparación con la restitución de derechos vulnerados, evaluando a la familia o adulto responsable con el que se pudiera trabajar para devolver el derecho a sentirse seguros, a vivir en familia, el derecho a la salud, educación y justicia, entre otros, en virtud de la autonomía progresiva de la adolescente y su opinión manifiesta respecto a su proyecto de vida.
En lo concreto y en el entorno inmediato, se gestionó con las Redes locales una matrícula en el colegio del interés de la adolescente, para que continuara con sus estudios, se le inscribió en el CESFAM (Centro de salud) correspondiente para las atenciones y controles de salud personales y de su hijo, se le motivó a participar en actividades comunitarias de su interés y se hicieron gestiones para la postulación a beneficios sociales, entre otros (¿identificaste el Modelo?). Muchas veces delegando y articulando acciones con otros profesionales como Terapeutas ocupacionales, Encargados de salud y/o psicopedagogas (en el caso de que el proyecto cuente con ellos), fortaleciendo el trabajo colaborativo entre las partes. Junto a todo lo anterior, se sumaron las necesidades del hijo de la adolescente que requieren similar intervención en cuanto a restitución de derechos vulnerados y donde se incorpora a su madre (en este caso) en el proceso, ya que ella decidió continuar ejerciendo su maternidad.
Como todo proyecto individual (al igual que otros), se cumplieron las etapas de “Diagnóstico”, “Planificación” del Plan de Intervención, “Ejecución” de los objetivos planteados y su constante “Evaluación” hasta el respectivo egreso. Estas Etapas están en la base de todo proceso, pero no los profundizaremos en este posts ya que queremos recalcar en lo práctico, la identificación de los Modelos de Intervención.
Finalmente, quiero mencionar que los resultados de los procesos interventivos, dependen en gran medida de los recursos del intervenido(a), en este ejemplo en particular, de la situación actual de la adolescente y la manera en que puede abordar o superar la(s) problemática(s) que le afecta(n); la presencia (o ausencia) de redes de apoyo, como una familia comprometida o adultos protectores y los recursos de la comunidad local con la que se les vincula. También es importante contar con un equipo interventor comprometido y competente, que cuente con recursos y experticia para su abordaje, entre otros aspectos, ya que con un caso como este, la adolescente requerirá de mucho apoyo externo, para lograr salir adelante de gravísimas vulneraciones de las que fue víctima. Si lo lleváramos a un ejemplo abstracto, sería como intentar que una mesa se sostenga en pie con 1 o 2 patas, ¡es imposible! ¿cierto?
Bueno querido lector, espero haber colaborado con la comprensión práctica de los Modelos de Intervención en este a mi parecer breve relato y si lograste identificarlos, menciónalos en los comentarios. Recuerda que esto es un resumen del resumen, así que es tu deber profundizar y aprender aún más. Te invito a leer las otras “Entradas del Blog", un abrazo.


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