A propósito del otro tema que abordé acerca de la distancia entre lo que nos enseñan en la sala de clases versus la realidad ("De la sala de clases a la realidad social"), se me vino a la mente todos aquellos momentos en que cuestioné si había tomado el camino correcto al estudiar Trabajo Social.
Quiero recalcar que me apasiona mi profesión y que he tenido momentos muy especiales y satisfactorios, sobre todo aquellos hitos donde me tocaba hacer un cierre con algún caso favorable de reunificación familiar; o donde una estudiante se acercaba a darme las gracias por todo lo aprendido; o cuando alguna persona en situación de calle volvía a casa; o cuando conseguíamos regalos para los niños y niñas de nuestros proyectos regalándoles una fiesta de navidad inolvidable... Tantas historias que llenan el corazón y que al recordarlas me roban una sonrisa.
Pero también están esos momentos sombríos de la profesión como cuando se cierra un proyecto y te avisan en el mismo día que quedaste sin trabajo, o aquellos episodios donde algún usuario sufre alguna desregulación emocional y que sumado a su corta edad se desquita contigo y terminas recibiendo puñetazos y patadas como si fueras un saco de boxeo.
Si queridos lectores, nosotros también sufrimos violencia, pero nadie nos avisa y lamentablemente los traumas quedan en el subconsciente. Experimentamos violencia de tipo física, emocional, verbal, psicológica, simbólica y/o de género, incluso a manos de quienes están a la par de nosotros, con faltas de respeto de personas de la Red de trabajo que buscando sacar partido de una situación, inventan mentiras o abusan de su poder con actitudes autoritarias queriendo dejarte como el "malo de la película" para no asumir sus propias responsabilidades. "El hilo siempre se corta por lo mas fino" dicen por ahí.
También existe la precarización en algunos espacios de trabajo, donde ejercen profesionales que estudiaron durante años, para terminar recibiendo salarios deshonrosos. Otros incluso, deben acudir a la justicia laboral para que les paguen los sueldos o finiquitos. Cada días está más complejo y hemos visto como muchas organizaciones de la Sociedad Civil han cerrado sus puertas ante tantas situaciones de injusticia social y mal funcionamiento del sistema que les impide continuar colaborando con el Estado. Otros lo siguen intentando pero a un costo alto para sus trabajadores o "colaboradores".
En esta representación amarga de la realidad profesional de muchos, yo rescato ese espacio como uno de crecimiento y resiliencia, buscando tener una mirada positiva de la vida. Donde es necesario ser y seguir siendo profesionales íntegros e intachables, que eviten a toda costa caer en la procrastinación, tan popular en estos tiempos. Por que siendo incólumes en nuestro actuar, podremos caminar con la frente en alto y hacer frente a cualquier injusticia. La verdad al final siempre sale a la luz y los buenos profesionales dejan huella en las personas que los rodean. Esas personas no se olvidan tan fácil sobre todo si han destapado la injusticia y han luchado contra el sistema.
Por último y para cerrar esta reflexión debemos aprender a respetarnos, a valorarnos, y sobre todo, aprender a decir que "no" cuando sea necesario, esa acción de autocuidado es una de mis grandes lecciones. No olvidando que para cuidar a otros debemos empezar por cuidarnos a nosotros mismos...
Como me decía un coleguita, "Usted no se tiene que dejar pasar a llevar" ¿Ud. lo cree?
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